viernes, 5 de febrero de 2010

LAS 3 PALABRAS MAS IMPORTANTES. Y NO SON 'YO TE AMO'

“¿Cuáles son las tres palabras más importantes en un matrimonio?”, preguntó el orador.

“Y no son: ‘Yo te amo’”, agregó.

La audiencia se agitó. Podía escuchar las mentes de todo el mundo trabajando. “¿Qué podría ser más importante que: ‘Yo te amo’? ¿De qué frase podría estar hablando él?”.

Mi mente trabajó al igual que las demás. Obviamente a mí se me podrían ocurrir algunas posibilidades, como:

“¿Estás prestando atención?”, “¿Estás muy cansada?”, “Había mucho tráfico”.

Afortunadamente, nos sacó de nuestra anticipada miseria relativamente rápido. “Las tres palabras más importantes en un matrimonio son: ‘Yo estaba equivocado’”.

Muchas cabezas asintieron. La mía entre ellas. Él había tocado una fibra interna.

Admitiendo los Errores

De acuerdo al doctor Meir Wikler, ninguna frase puede elevar y cultivar una relación más que la habilidad de admitir los errores propios.

Sin importar el contexto de la asociación (cónyuge, colega, hermano, jefe, comité, amigo, posiblemente hasta padre), admitir que estuviste mal puede sumar una dimensión inconmensurable a la conexión. Es refrescante, honesto, encantador y frecuentemente inesperado.

Y aún así, admitir los errores propios, por medio de la acción o del pensamiento, es probablemente una de las tareas más difíciles que debemos enfrentar. ¿Por qué? ¿Por qué la mayoría de nosotros tiene que tener SIEMPRE la razón? ¿Son nuestros egos tan frágiles que no pueden soportar ni siquiera la admisión ocasional de un error?

Aparentemente… sí.

Nuestros egos son realmente frágiles, débiles y flojos.

Tenemos tanto miedo a cualquier exposición de debilidad que nuestros mecanismos de defensa se activan mucho más rápido que lo que te llevaría decir: “Ups, me equivoqué”.

Nosotros nos ponemos en el modo de negación para evadir la temida revelación de que tenemos un defecto de cualquier tipo.
Toda nuestra estructura de defensa es en realidad tan sofisticada que, cuando nos enfrentamos con la sombría perspectiva de tener que admitir nuestros propios deslices y descuidos, a menudo nos ponemos en el modo de negación, para evadir la temida revelación de que tenemos un defecto de cualquier tipo.

Los mecanismos de excusa, a veces exóticamente creativos, y a veces rozando con las mentiras absolutas, aparecen rápidamente:

“No quise decir eso”. “No me olvidé, tú me dijiste que preferías que no te comprara un regalo de aniversario”. “¡No lo puedo creer! ¡Estaba a punto de llamarte!”.

Entiendes el punto. Es como si todo nuestro sentido de nosotros mismos (nuestro equilibrio emocional), dependiese virtualmente de nunca estar equivocados en nada. Y lo que es más, a veces terminamos convenciéndonos a nosotros mismos de que nuestras mentiras eran verdad y de que nuestras excusas eran justificadas. Hasta este punto es intolerable para muchos de nosotros admitir nuestras imperfecciones o fallas.

No necesitamos más que observar a nuestros políticos para tener un excelente ejemplo de la incapacidad absoluta de un individuo para decir esas tres palabras preciadas, a pesar de la abrumadora evidencia de transgresión y del potencial para resolver que el reconocimiento de la culpa podría haber generado. En cambio, el agujero se hace más y más profundo.

Resistencia Universal

Nuestra resistencia universal a admitir los errores se torna aún más enigmática cuando consideras que todos hemos experimentado esa rara ocasión en la que un alma asombrosamente segura de si misma llega y dice: “Estaba equivocada”. Así como el atleta, que es acechado despiadadamente en el vestuario del equipo perdedor durante la conferencia de prensa posterior al partido, estoicamente murmura ante docenas de micrófonos y millones de personas: “Yo lo eché a perder. Tomo absoluta responsabilidad por nuestra derrota de hoy”.

¿Cuál es nuestra respuesta frente a una persona que se comporta de esta manera?

“¡Es un héroe!”, decimos.

“¡Qué fuerza interior, que valor, que coraje que posee!”.

Nuestra admiración por ese individuo es ilimitada, pero de alguna manera se queda corta en alentarnos a hacer lo mismo. Como con la aguja del doctor, nosotros esquivamos el beneficio inmediato que nos espera y vemos solamente el dolor momentáneo que nos causa.

Entonces esta es mi sugerencia:

Intentémoslo. Una vez al día. Quizás por una o dos semanas. Respira profundo, cierra tus ojos y murmura: “Estaba equivocado”.

Y luego abre tus ojos y disfruta las sonrisas de perplejidad que te rodean (Al menos trata frente al espejo cuando no hay nadie alrededor). Y miras tus alas crecer.

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