miércoles, 8 de diciembre de 2010

LAS MADRES NO MUEREN

Yo tenía 6 años cuando maté a mi mamá por primera vez. No quería que estuviera junto a mí en mi primer día de clase. Yo me consideraba lo suficientemente fuerte para enfrentar los desafíos que la nueva vida me traería.

Pocas semanas después descubrí aliviado que ella aún estaba allí, lista para defenderme de los compañeros agresivos que me amenazaban, y para auxiliarme frente a las dificultades de mis primeras cuentas.

A los 14 años la maté nuevamente. No la quería imponiéndome reglas o límites, ni que me impidiera vivir la plenitud de los vuelos juveniles.

Pero enseguida, con la primera borrachera, felizmente la redescubrí viva, fué cuando ella no solo me curó de la resaca, sino que también impidió la vergonzosa paliza que recibiría de mi padre.

A los 18 años pensé que mataría a mi madre definitivamente, sin chances para la resurrección. Había entrado a la facultad, me había mudado a la capital, hacía política estudiantil, actividades en que la presencia materna no cabía en ninguna hipótesis.

Ingenuo engaño: cuando me descubrí confundido sobre que rumbo seguir, volví a la casa materna, único espacio posible de guarida y comprensión.

A los 23 años me dí cuenta que la muerte materna era posible, solo requería lentitud… Fué cuando me casé, planté bandera de independencia y seguí viaje.

Pero bastó ver nacer a mi primera hija, para descubrir que ese ser llamado madre se transformaría en un especimen aún mas vigoroso llamado abuela. Para quien aún no vivió la experiencia, abuela es madre en dosis doble…

A pesar de todo continué creyendo en la tesis de la muerte lenta y demorada, y de a poco me fui sintiendo mas distante y autónomo, aún cuando a intervalos regulares ella reapareciese en mi vida desempeñando papeles importantes y únicos, papeles que solamente ella podría protagonizar…

Pero el final de esa historia, al contrario de lo que siempre imaginé, fue ella quien la definió: cuando menos lo esperaba, ella decidió morir.

Así, sin mas, ni menos, sin pedir permiso, sin hora marcada u ocasión para la despedida. Ella simplemente se fué, dejando la lección: las madres son para siempre.

Al contrario de lo que siempre imaginé, son ellas quienes deciden cuánto esta eternidad puede durar en la vida, y cuanto queda relegado para el etéreo terreno de la nostalgia.

No sé si la vida es corta o demasiado larga para nosotros, Solo sé que debemos demostrar nuestro amor a las personas, mientras ellas están por aquí.

¡Es por eso que tenemos que amarla siempre! Y no matarla en vida.

Nunca sabremos cuándo ella va a partir. El vacío que queda, nunca conseguiremos llenarlo. Para quien aún la tiene a su lado, ámala. Abrázala siempre.

Y para quien ya no la tiene, guarda sus recuerdos en el más precioso de los baúles.

Dondequiera que ella esté, debes saber que siempre va a entender el mensaje. Va a llorar cuando llores. Va a sonreír cuando sonrías. Va a velar por tu sueño, como lo hacía cuando eras un niño.

No esperes su partida para darle AMOR.

Un día vas a descubrir que tal vez la persona que mas te amó en la vida, fue ella. Incondicionalmente, desde que surgiste en esta vida. Si ella está a tu lado, dale un beso y un abrazo, y dile lo que ella siempre quiso oír: MAMA, YO TE AMO! GRACIAS POR EXISTIR!

Y si ella ya no está a tu lado, cierra los ojos y haz una oración por ella, agradeciendo por la vida y también diciendo que la amas.

LAS MADRES SON PARA SIEMPRE

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