miércoles, 14 de marzo de 2012

EL CEREBRO MASCULINO (16)

EL TIEMPO QUE EL NIÑO PASA CON SU PADRE MEJORA SU AUTOCONFIANZA

A los 12 meses, un niño trepaba por su padre como si estuviese en un gimnasio en una jungla humana y constantemente trataba de jalar a su papá al piso para poder jugar a las luchas con él


Cuando el niño lo lograba, se sentaba triunfante sobre el pecho del papá cogiendo fuerte el rostro de su papá con sus pequeñas manos y apretando su barbilla o sus mejillas.

Incluso a esta edad, al niño le gustaba poner a prueba sus habilidades con su papá; y le encantaba cuando su papá lo balanceaba en el aire mientras él intentaba atrapar los lentes o el cabello del papá cada vez que se acercaba.


Mediante el juego, padre e hijo se retaban entre sí cada vez que podían.

Los investigadores han demostrado que la forma particular como los padres juegan con sus hijos los vuelve más curiosos y mejora su capacidad de aprender.


En comparación con el juego delas madres, el juego de los padres es más físico y revoltoso.

Los investigadores hallaron que el juego de los papás son más creativos e impredecibles y, por lo tanto, más estimulantes.


La creatividad del papá se demuestra no solo al jugar sino también al hablarles y cantarles a sus hijos.

Los investigadores en la Universidad de Toronto hallaron que las madres cantaban la versión correcta de “Brilla, Brilla, Estrellita” o “La Telaraña”, y que los padres alteraban la letra, creando canciones complejas con finales impredecibles.


Los padres suelen ser más peculiares y divertidos.

Y esa no es la única diferencia.


En otro estudio, en Alemania, los científicos realizaron un seguimiento a un grupo de niños durante 15 años.

Iniciaron observando cómo los papás interactuaban con sus hijos a los 2 años de edad.


Hallaron que los niños cuyos papás jugaban rudo con ellos eran los que tenían mayor confianza y seguridad en sí mismos para cuando llegaban a la adolescencia.

[continuará...]

Resumen de las investigaciones de Louann Brizendine, M.D.


Traducido por el psicólogo Luis Venegas Chalen

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