lunes, 18 de julio de 2011

EL CUERVO Y EL BUHO

Reflexión: Antes de cualquier discusión debemos asegurarnos de estar entendiendo al otro.

No me agrada quedar enfrascado en una discusión, pues la mayor parte de las discusiones no nos conducen a soluciones reales. Sin embargo, muy a mi pesar, cuando llevaba tres meses con mi novia y la relación se hacía más seria, empezamos a discutir con frecuencia. Consternado por lo poco acostumbrado que estaba a discutir con mis enamoradas, empecé a buscar el origen de dichos entrampamientos para superarlos.

Luego de indagar en mi infancia y en mi manera de asumir la vida, y de preguntarme sobre su infancia y su relación con sus padres, caí en la cuenta que la causa era más simple de lo que estimaba. Tan sencillo como lo que ocurre en la historia que continúa:

En el bosque habitaban el rey de los cuervos y el rey de los búhos, ambos con su legión respectiva de cuervos y búhos. Siempre habían compartido la paz del bosque, pero resulta que cierto día el rey de los cuervos y el rey de los búhos se encontraron y comenzaron a intercambiar impresiones. El rey de los cuervos preguntó:
-¿Por qué tú y tu legión de búhos trabajáis por la noche?
El búho, sorprendido, replicó:
-Sois vosotros los que trabajáis por la noche. Nosotros trabajamos de día. Así que no mientas.
Y los dos reyes se enzarzaron en una discusión, ambos convencidos de que trabajaban de día. Hasta tal punto la discusión comenzó a adquirir un carácter de violencia, que la legión de cuervos y la de búhos se disponían a entrar en combate. Pero cuando la situación estaba llegando a su momento más crítico, apareció por allí un apacible cisne que, al enterarse de la disputa, dijo:
-Calmaos todos, queridos compañeros.
Y dirigiéndose a los reyes, dijo:
-No debéis en absoluto pelear, porque los dos tenéis razón. Desde vuestra perspectiva, los dos trabajáis de día.

Moraleja:
Si solo vemos una cara de la luna, nunca veremos la totalidad de la realidad.
Debido a diferentes enfoques de la realidad aparente, ideologías y ficticias divisiones, surgen las disputas y guerras, el malestar y el dolor.

Cuando ella hablaba, por ejemplo, de la felicidad decía: la felicidad no existe. Y yo afirmaba que sí era posible ser feliz. Y todo lo que pasaba era que ella llama felicidad a lo que yo llamaría idealización absoluta, y a lo que yo llamo felicidad ella llamaría simplemente alegría. Por eso no podíamos ponernos de acuerdo aunque en el fondo nuestras ideas se parecían.
Es absolutamente primordial, asegurarnos de estar comprendiendo bien lo que la otra persona está diciendo, muchas veces preguntar ¿a qué te refieres exactamente?, puede librarnos de dormir en el sofá o evitar conflictos innecesarios.

Fuente: Internet.

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